Mientras que el restaurante étnico típico evoca una imagen de sitio pequeño manejado por una familia humilde en un callejón, Fatty Crab simplemente no puede escaparse de la mirada pública.
Cuando Zak Pelaccio abrió Fatty Crab el año pasado, la noticia se extendió rápidamente. Conocido principalmente por su lugar 5Ninth en el Meatpacking District, los neoyorquinos se preguntan cómo sus nuevas especialidades Americanas se convertirían en la comida malaya de Fatty Crab. Al parecer, el concepto funcionó tan bien que el restaurante extendió su ubicación en West Village (Hudson Street, entre Horatio y las calles Gansevoort) al Upper West Side (calle 76 y Broadway). Ambos están a un paseo corto del tren número 1, pero sólo la ubicación del Upper West Side acepta reservaciones.
La autenticidad de Fatty Crab podría parecer dudosa, pero la larga historia de ocupación colonial de Malasia, y su grán proximidad a paises vecinos hacen de la cocina Malaya una fusión en sí misma. Al incorporar una amalgama de sabores del sudeste asiático, la cocina malaya incluye un enfoque predominante en especias de chili y leche de coco.
Una advertencia para los vegetarianos estrictos y modernos: el cerdo, el pato y los marizcos abundan, sin embargo, vale la pena pasar por allí por su ambiente tan nítido de centro de la ciudad. Lámparas rojisas revelan mesas y mesones negros de bancos corridos, junto a una espaciosa barra. Allí, los visitantes pueden disfrutar brebajes creativos tales como el “Fatty Sling”, hecho con ron, jugo de piña, ginger ale, y Pernod ($12), al compás de “remixes” de Bob Marley y música electrónica de salón.
En Fatty Crab, opten por compartir—las porciones son pequeñas y el menú ofrece tantos platos que intrigan demasiado como para escoger tan solo uno. Empiezen con los famosos bolillos hervidos de cerdo y rodajas de mango verde y bañados en una mezcla de chili, azucar y sal como para relamerse los labios. O aventúrense y diríjanse directamente a la sección de especialidades de Fatty, la cual presenta una melodiosa oda al cerdo—escabeche de sandía con jugosos y crocantes pedazos de cerdo frito e, inevitablemente, manteca de cerdo—pero ¿quién se está quejando?
Y luego también hay el pato, cuyo cuerito dorado protege una carne delicada y recubierta con una salsa dulce. Debajo del pato, se encuentra el “tamaki” tostado, o granos de arroz, lo cual añade un elemento extanjero a la textura del arroz blanco pegajoso.
Tal cual sugiere el nombre del restaurant, hay un plato de cangrejos al chile el cual es increiblemente grasoso. Una salsa roja y picante de chile reemplaza la mantequilla derretida, y es tan sabrosa que puede lograr que aún los estudiantes más empedernidos se olviden de trabajos pendientes y de exámenes finales.
Si el precio de mercado de los cangrejos les es inquietante, las mejores ofertas del menu se hallan en los tazones de fideos y de arroz. “Nasi goring”, o el arroz frito especial de la casa, llega en un tazón generosamente repleto de arroz, pollo, camarones, cerdo y huevo frito. ¡No se equivoquen!: este plato esta reservado unicamente para aquellos que puedan aguantar lo muy picante. En cuanto a un planteamiento malayo más tradicional, fíjense en el “nasi lemak”, o arroz remojado en leche de coco y mezclado con pollo al curry y un huevo escalfado en agua lentamente.
Luego de una comida de tan intenso sabor, el lamentable menú de postres que tan solo consiste de dos distintas barras de chocolate seguramente ha de decepcionar. Sin embargo, postres gratis como las tajadas del pastel “mochi”, con un sutil gusto a “dulce de leche”, son una deliciosa sorpresa que apaciguará cualquier antojo por lo dulce.
Asi que dejen el escepticismo en el umbral de la puerta, porque no hay tiempo para tal en este incesante encuentro con sabores inesperados y picantes. Es una experiencia reservada unicamente para aquellos de mente amplia, los deshinibidos y los curiosos.


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