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Brenda Huang / Senior Staff Illustrator

En la víspera de mi quinto cumpleaños, mi madre comenzó la tradición de sentarse a mi lado y describir su camino a los Estados Unidos. Cada año, ella recontaba su viaje desde las montañas de Centroamérica hasta la costa de los Estados Unidos. “Llegué para que tuvieras una vida mejor que la que yo tuve,” me decía mientras acariciaba mi cabello–una frase muy familiar para cualquier hijo de un inmigrante. De niña, su cuento me asombraba y tenía un tono mitológico. Su historia se asemejaba a la poesía épica–una odisea desde Guatemala durante las secuelas de una guerra civil desenfrenada.

Esta noche del año era la única vez que mi madre podía desahogarse y hablarme, con pocos detalles, sobre su venida a los Estados Unidos. La verdad es que mi madre, como muchos inmigrantes, no tuvo la oportunidad de procesar sus experiencias traumáticas. No fue hasta más tarde en mi vida, cuando asistí a una institución de élite y tomé una clase sobre la historia de América Latina, que aprendí sobre las circunstancias que mi madre y su familia habían vivido. Ellos habían vivido bajo una dictadura guatemalteca instalada por la compañía conocida hoy como ‘Chiquita Banana’ y las fuerzas estadounidenses.

Esto demuestra que mi experiencia no fue solamente una falta de comunicación entre madre e hija, sino que representa un problema más importante: Las historias y las experiencias complejas de personas oprimidas están reservadas para la educación de la élite en los Estados Unidos. El semestre pasado tomé una clase sobre Puerto Rico bajo el imperio estadounidense. “En cuanto termine el semestre, ustedes sabrán más sobre la historia de Puerto Rico que la mayoría de los puertorriqueños en el continente y la isla,” nos dijo el profesor durante el primer día de clases. Claro, es algo muy impresionante, pero quizás más vergonzoso para el sistema educativo de nuestro país y para los que sí tenemos acceso a la historia de otros.

Como miembros de una institución tan prestigiosa como Columbia, nos deberíamos preguntar: ¿qué papel tenemos en preservar los traumas de ciertas poblaciones para un grupo de élite, mientras les negamos a esas mismas minorías sus propias narrativas? ¿Cuales son las implicaciones de que tenemos la oportunidad de percibir momentos históricos solamente desde el punto de vista académico, cuando hay gente que no ha tenido la oportunidad de entender cómo estos mismos eventos han afectado sus vidas?

En conversaciones con mis compañeros, también hemos discutido cómo el mundo académico nos ha forzado a contextualizar nuestras propias vidas. Algunos de nosotros venimos de comunidades homogéneas en donde no se reconocen las injusticias porque forman parte de nuestra vida cotidiana. ¿Si uno aprendiera que su escuela pública fue creada por un gobierno con motivo de prepararlo para una prisión en lugar de una carrera, eso cambiaría la manera en que viera toda su adolescencia, no? Después nos preguntamos: ¿Por qué aprendemos estos hechos cuando ya hemos dejado nuestras comunidades? Por otro lado, para los alumnos que nunca han sido desplazados de sus barrios, un término como “la gentrificación” puede ser difícil para conceptualizar. Nuestras lecturas se convierten en conceptos para unos y para otros un rompecabezas para armar en el proceso de entender sus propias experiencias.

Mi intención no es disuadir a los estudiantes de Columbia de tomar clases de este tipo. De hecho, creo que es muy importante que todos aprovechemos las oportunidades concedidas por esta universidad para aprender más sobre las historias de las minorías en los Estados Unidos— especialmente la historia que se desvía de una perspectiva eurocentrista, rica y/o patriarcal. No obstante, le insisto a todos que tengan en mente que lo que se aprende en las aulas es más que teoría, más que lecturas y más que una clase para una nota––los aprendizajes son las vidas e historias reales de millones de personas que nunca tendrán el privilegio de sentarse en una aula donde puedan aprender sobre sus experiencias, debido al contexto en el que existen. Eche un vistazo a su alrededor y considere que usted probablemente tiene un grado de conexión a alguien que nunca tendrá nuestro privilegio de aprender sobre su propia vida y las experiencias de otros.

Daphnie Ordóñez is a sophomore in Barnard College studying political science. If you’d also like to discuss Bad Bunny or Yalitza Aparicio, send her an email at dzo2101@barnard.edu. Her column Spec sin Barreras runs alternate Tuesdays.

To respond to this column, or to submit an op-ed, contact opinion@columbiaspectator.com.

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